campiña ecijana

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miércoles, 4 de marzo de 2015

Pellizquitos de mi Pregón


De mi Pregón al costalero.

 

…Esta “levantá”, va por todos y cada uno de aquellos costaleros y costaleras, que junto a sus capataces levantaron orgullosos esta “historia”, que lo hicieron algunos en tiempos y  ocasiones aun cobrando estipendios,  motivados por las circunstancias y por las muchas penurias que les tocó vivir, ellos y los que les siguieron: sin  vanagloria ni engreimiento, sin distinción de familias ni de clases sociales,  gremios u oficios y por el solo hecho del amor a la vida y a lo nuestro…          

 

Va, por todos ellos

¡¡Pelirrojooooooo!!

            (Debe escucharse entre  la concurrencia y desde allá junto a las patas traseras que sostienen los candelabros de cola,  la voz conforme del mejor patero que conocí,  compañero de “fatigas” y trabajadera, mi entrañable amigo  D. Manuel Aguilar Varo)   

 

 

¡¡Ar Sielo con todos ellos!!                   ¡¡A  ésteeeeeeeeeee!!

 

¡¡Vámonos!!

           

          La humildad, atributo común a todo costalero, va implícita en el “oficio” y en muchos casos de los que salimos hace ya algunos años, aunque no indispensable, es la marca que se arrastra desde la misma cuna. Sobreponerte a todo ello con orgullo y alegrarte desde lo más hondo del alma porque a otros no les haya tocado la misma penitencia, va en  mi condición.

            Había dado comienzo la segunda mitad del  S. XX,  eran tiempos difíciles,  de escasez y penurias y aunque las cartillas de racionamientos empezaron a retirarlas, el “casi arroz” aún era conocido, el estraperlo, el pan negro, el café de cebada, los cardillos, berros y tagarninas, las collejas  y los cardos arrecife…      los cartuchos de leche en polvo que los americanos nos hacían llegar a través de  Cáritas Española,  caían en algunas casas como maná…   niños y niñas  muy  chiquitos, cogiendo algodón por  Soto- Moro, Alcofría  o  el Zapatero,  de porqueros ellos  por Benavides  o  de cabrero, como sería mi caso, por la “Cañá del Cucarrón” y ellas:  aljofifando, fregando y lavando ropas en casas de señoritos…   acabada la jornada, sobre un catre con remendado colchón de sayos, hacinados de a tres o a cuatro darían descanso a sus infantiles cuerpecitos para estar dispuestos al día siguiente.

            En una humilde pero hermosa comunidad de vecinos, junto a la fuente de Cañatos, el  surtidor con más abolengo y solera de toda Écija, el mismo cual manantial  serviría  para emular  como si de una  aparición de la Virgen se tratara, no fue menos. Así la vi por primera vez;  era mi madre  y allí me parió. Ella, que junto a mi padre nos sacó adelante  con tantas fatiguitas y no pocas veces sería testigo de mis peticiones para  venir a sacar un paso, cosa que  más adelante explicaré porque, como muchos sabréis y para el que no se lo digo ahora de forma breve pero entendible, siempre he vivido en Écija, solo que ando empadronado en un pueblecito de otra provincia, a casi mil Km. de ella. Así que, aunque no lo parezca, lo mío viene de lejos, no es un sarampión pasajero.

 

¡Venga que ya estamos en la calle!

 

 

          Me acuerdo cuando era chico y me llevaban a ver los santos,  cuando todavía la  mayor parte  del tiempo lo hacían en brazos  claro está.  Entonces no había tanto cochecito ni costumbre, ni se daban por supuesto situaciones tan cómicas como llegan a verse en estos tiempos, donde niños que ya no caben en el mismo van metidos por donde más bulla exista, cruzando por toda fila retando a cirios y “revotos” como espadachines, dando pataditas y manotazos, mientras la mamá  empujando el artilugio con una mano va pidiendo paso con exigencia,  pegando topetazos y refregones entretanto  con el móvil en la otra, intenta  contarle a la cuñada o a quien sea, si es que la escucha, por dónde va la Virgen o la Cruz de Guía…         

 Cuaresma 2.015

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