De mi Pregón al costalero.
…Esta “levantá”, va por todos y cada uno de
aquellos costaleros y costaleras, que junto a sus capataces levantaron
orgullosos esta “historia”, que lo hicieron algunos en tiempos y ocasiones aun cobrando estipendios, motivados por las circunstancias y por las
muchas penurias que les tocó vivir, ellos y los que les siguieron: sin vanagloria ni engreimiento, sin distinción de
familias ni de clases sociales, gremios
u oficios y por el solo hecho del amor a la vida y a lo nuestro…
Va, por todos ellos…
¡¡Pelirrojooooooo!!
(Debe escucharse entre la
concurrencia y desde allá junto a las patas traseras que sostienen los
candelabros de cola, la voz conforme del
mejor patero que conocí, compañero de
“fatigas” y trabajadera, mi entrañable amigo
D. Manuel Aguilar Varo)
¡¡Ar Sielo con todos
ellos!! ¡¡A
ésteeeeeeeeeee!!
¡¡Vámonos!!
La
humildad, atributo común a todo costalero, va implícita en el “oficio” y en
muchos casos de los que salimos hace ya algunos años, aunque no indispensable,
es la marca que se arrastra desde la misma cuna. Sobreponerte a todo ello con
orgullo y alegrarte desde lo más hondo del alma porque a otros no les haya
tocado la misma penitencia, va en mi
condición.
Había dado comienzo la segunda mitad del
S. XX, eran tiempos
difíciles, de escasez y penurias y
aunque las cartillas de racionamientos empezaron a retirarlas, el “casi arroz”
aún era conocido, el estraperlo, el pan negro, el café de cebada, los
cardillos, berros y tagarninas, las collejas
y los cardos arrecife… los
cartuchos de leche en polvo que los americanos nos hacían llegar a través
de Cáritas Española, caían en algunas casas como maná… niños y niñas muy
chiquitos, cogiendo algodón por
Soto- Moro, Alcofría o el Zapatero,
de porqueros ellos por
Benavides o de cabrero, como sería mi caso, por la “Cañá
del Cucarrón” y ellas: aljofifando,
fregando y lavando ropas en casas de señoritos… acabada la jornada, sobre un catre con
remendado colchón de sayos, hacinados de a tres o a cuatro darían descanso a
sus infantiles cuerpecitos para estar dispuestos al día siguiente.
En una humilde pero hermosa comunidad de vecinos, junto a la fuente de
Cañatos, el surtidor con más abolengo y
solera de toda Écija, el mismo cual manantial
serviría para emular como si de una aparición de la Virgen se tratara, no fue
menos. Así la vi por primera vez; era mi
madre y allí me parió. Ella, que junto a
mi padre nos sacó adelante con tantas
fatiguitas y no pocas veces sería testigo de mis peticiones para venir a sacar un paso, cosa que más adelante explicaré porque, como muchos
sabréis y para el que no se lo digo ahora de forma breve pero entendible,
siempre he vivido en Écija, solo que ando empadronado en un pueblecito de otra
provincia, a casi mil Km. de ella. Así que, aunque no lo parezca, lo mío viene
de lejos, no es un sarampión pasajero.
¡Venga que ya estamos
en la calle!
Me acuerdo cuando era
chico y me llevaban a ver los santos,
cuando todavía la mayor
parte del tiempo lo hacían en brazos claro está.
Entonces no había tanto cochecito ni costumbre, ni se daban por supuesto
situaciones tan cómicas como llegan a verse en estos tiempos, donde niños que
ya no caben en el mismo van metidos por donde más bulla exista, cruzando por
toda fila retando a cirios y “revotos” como espadachines, dando pataditas y
manotazos, mientras la mamá empujando el
artilugio con una mano va pidiendo paso con exigencia, pegando topetazos y refregones
entretanto con el móvil en la otra,
intenta contarle a la cuñada o a quien
sea, si es que la escucha, por dónde va la Virgen o la Cruz de Guía…

No hay comentarios:
Publicar un comentario