Por respeto a mis amigos.
Por el respeto debido a estos dos
fieles amigos, con quien de mutuo acuerdo quedamos un día en querernos, por su dignidad y la mía propia, por coherencia
con una palabra dada y sentida y por un sinfín de cosas más, me lamenté
públicamente días atrás por la que creí y creo una injusticia contra estos
seres adorables a los que con tanta claridad vemos su diferencia con la nuestra.
Cuando nos parece bien o lo creemos oportuno, elevamos a “los altares” la
capacidad, fidelidad, comportamiento… y los tratamos de forma considerada por ser el
mejor amigo del hombre, pero en momento dado los menospreciamos, porque al fin
y al cabo solo son perros. Intento en todo no ser extremista, aunque
seguramente a la vista de otros en algo lo sea; el ser humano, con todos sus
defectos y desde el baremo o escala de valores nuestro, es y así nos tenemos considerados el
ser superior en este universo. A partir de ello, habría para discutir del tema
hasta casi el infinito, pero ahí en ese barrizal no quiero meterme, ahora bien ¿Con qué ética, moral o derecho nos erigimos o
fundamentamos para diferenciar el derecho a la vida de un perro y su diferencia
con la nuestra? ¿Por qué puede valer tan
poco su vida y tanto la nuestra? ¿De qué
somos dueños con relación a otros seres vivos? Mientras el ser humano trate a los demás seres
con desprecio o minusvalorando su existencia, porque “hablen” distinto, tengan
rabo o las orejas y el pelo más largo, estará demostrando y enseñando su
déficit y carencia. El respeto por la naturaleza es imprescindible para nuestra
propia existencia y de la evolución o mejoras en nuestro comportamiento dependerán
nuestras vidas y las de los que vengan.
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Esta fue mi desahogo al enterarme
de la “condena” del, estos días famoso y
tristemente conocido Excalibur y de lo que alguno ha pensado que soy un
pamplinoso, seguramente:
El mejor amigo del hombre.
Para ti no hubo clemencia, ningún poder te
correspondía y a tu vida, en manos de los que “saben” y pueden porque ellos son
los verdaderos dueños, hubo que ponerle fin. Tremenda encrucijada en la que, yo
también, empiezo a dudar de todo y de todos; incomprensiblemente por tu parte
(y confieso que por la mía) te habrás ido sin saber que el “Hombre”, ese otro
animal aparentemente superior a ti y al que entregarías tu vida porque la fidelidad
y el amor así te lo sugiere, te ha fallado, ha cortado por lo sano y sin que le
temblara el pulso tomó la decisión más cómoda y quizás torpe de las que a
menudo toma. En esto destaca ese ser tan grande al que te arrimaste, el que no
ha llegado a comprender todavía la manifiesta nobleza que tú sí demuestras a
diario sin pretensiones ni espíritu de grandeza alguno. En el cosmos esparcido
quedará junto a tantos el espíritu de tu denodado amor por nosotros y como
otro, de igual a igual, espero quedar envuelto yo también pues no quiero de
este mundo, glorias vanas ni poltronas que solo me sirvan para separarme de
donde creo pertenezco.
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Lo tengo
meridianamente claro que no dejaría morir a ninguna persona por salvar la de
cualquier perro, pero siempre que pueda
existir otra alternativa y hasta que verdaderamente no encuentre más salida, la
vida de mi perro la defenderé, porque no soy nada ni nadie por encima de su
existencia.
¿Han hecho nuestras
autoridades lo mismo en esta ocasión con relación al tema del ébola y el
malogrado Escalibur? Espero que sí y lo
mío solo sea un momento de acaloramiento o exceso de sentimientos mientras
observo a mis perrillos lamiéndome las manos. Sea por ellos y perdón por si alguien
no me entiende.

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