campiña ecijana

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domingo, 3 de diciembre de 2017

Mi perrita Lola


… De los paseos con  mi Lola   


            “… Al final de este tramo de calle y ya de la barriada, la masía de Can Po Cardona, haciendo esquina con el cruce de La Creu  d´Muntaner y que nos enseña por encima y a través de los setos y las  flores que pueblan  la  extensa y trabajada verja que la rodea, buena parte de sus vetustos muros esgrafiados. Por lo alto de los jardines, arbustos, setos y un gran roble que la preside, su  elegante mirador se asoma a divisar el caserío  (en estos tiempos, ya más monótono y “seriado” pues en su mayoría  son bloques y casas pareadas, “conejeras dormitorios” los unos y las otras, de fea estética)  enseñoreando  el conjunto, mientras  tórtolas, mirlos y demás “parroquianos de plumaje vestimenta” que residen en el “laberinto”, nos deleitan con sus “conversaciones”.

          Después de darle rodeo a la isleta de en medio de la avenida y que en su centro es presidida por un bello ejemplar de olivo, a diferencia de otras tantas “adornadas” con amasijos de hierros denominados “obras escultóricas” y que tanta sospecha me despiertan…  Seguimos, dejando atrás este “gran caserón”  nuestro paseo nos adentra por el Camí del Despoblat,  donde ya prácticamente todo es campo, casi en abandono de labor, pero campo.

            La linde que nos saluda por la izquierda, anda sembrada hace ya muchos años, de cipreses que parapetan a la vista de un recinto negruzco y desangelado, lleno de camiones, trastos de chapa, hierro, algunos maderos, otras garrafas… y manchurrones de grasa ¿Dónde queda ya, todo aquel vergel de plantas y arboleda que algunos conocimos? 

           Suavemente ayudados por la brisa, los cipreses hacen gestos de  genuflexión a nuestro paso, agradeciendo quizás la visita y distrayendo la mirada de lo que no nos gusta; por la derecha, una masa de pinar habitada cual “corral de vecinos”,  por  cotorras, gorriones, tórtolas, mirlos…  y hasta muchas veces palomas criadas en  cautividad,  cuando les dan su “día de fiesta” y junto a todo ello, un pequeño muro cubierto de verdor que delimita con la propiedad de Can Pau Torrents.  Pinos por doquier, algunas  palmeras, sauces, moreras  y unos cuantos cipreses,  centenarios diría yo, no seguro del todo, aunque  lo creo. Son robustos y muy altos, serios como todos ellos, elegantes y verticales como mástiles de navíos  que acompañan en el tiempo y hermosean la vista. El edificio o Masía, que fuera construida entre el S. XV y XVI aunque modernamente reformada, antiguo vergel, jardín botánico que creara el afamado jardinero Jaume Salvador en el primer tercio del XVII, hoy restaurante y que con sus más y sus menos, hasta nosotros ha llegado; además del relax que nos ofrece por la gracia y el buen gusto de estas aisladas edificaciones, rodeadas de tanto verdor, entre tanta belleza natural conserva un  precioso arbusto, de grandes dimensiones y de origen chino que cuentan como posible reliquia de aquellos tiempos del Jardín botánico.  Por el lado del camino por donde nosotros paseamos, una gran puerta  de hierro con barrotes, nos permite echar la vista hacia el interior de   los jardines,  terrazas y a la capilla (cercana a esta puerta) neogótica del XIX  con una crestería en el “caballete” de su tejado a dos aguas, de cerámica en verde muy oscuro y que remata un conjunto, que si no de mucho valor artístico, si de buen gusto y muy agradable de recrear la vista al pasar.

          Continua el muro entremezclado con arboleda y otro, delimita la masía de mis vecinos Alerms, Joan y Josep, bellísimas personas a las que conozco por vecindad, hace más de cuarenta años. Una casa grande en medio de huertas, hoy ya “fuera de servicios”, de estética muy pictórica y de agradable recreo para la vista; antigua y con mucha historia local, como todas estas y las que ya desaparecieron, que “sembradas” por los alrededores y dentro de la población, fueron siempre el verdadero fundamento, apoyo y motor del municipio. La modernidad con sus “avances”, industria…  dio la espalda a lo rural,  a la verdadera idiosincrasia del lugar y  fue levantando bloques y más bloques de viviendas,   hasta llenar a “tente bonete” cualquier pedacito de tierra de labor, recreo o jardines de aquel antiquísimo S. Juan de Vicomiciano, el que  algunos conocimos hace ya más de cincuenta años, llenos de casitas de dos plantas y masías repartido lo más nutrido por: Bon Viatge, Camí del Mig, Catalunya, Carré Majó, Frances Maciá, Las Torres…  y que  en forma de espiral  avanzaba hasta llegar a estas lindes, las que a la postre son ya cercanas a las del municipio vecino de S. Feliu.

           La competencia con esta parte “moderna” y recién llegada del nuevo vecindario les hizo perder la partida y hoy son “bichos raros” colocadas en catálogos, para cumplir “su cometido” expuestas como antigüedades de colección, donde  los “estudiosos y snobs”  degusten y se entretengan mirando “curiosidades” de otros tiempos.

          A la izquierda del camino y frente a Ca  l´Alerm, una enorme explanada, gran parte de ella casi terriza por los rellenos de derribos y excavaciones (controlado por sus dueños) y que hasta no hace mucho eran campos de labor, cercado por este lado del camino con traviesas del tren (aún quedan algunas tiradas por tierra) clavadas en vertical y con alambres de espino, un pequeño cauce de riego y en buena parte un cañaveral a  lo largo del mismo, haciendo linde. Cuando dejaron de labrarlo quedó baldío y lleno de vegetación y por aquel entonces apareció mi perrita y su hermano por casa, convirtiéndose tal  lugar, en el preferido para sus juegos.  Ahora, después de unos cuantos de meses desde que hicieran el relleno,  parece que vuelve a brotar  la hierba por algunas zonas  ¡Cuánta voluntad la de la naturaleza!   Y empiezan a venir los pájaros a picotear las semillas; entre tantos: algunos jilgueros en bandadas, palomas también en bandos, gorriones... Desde ese llano se divisa  parte del paisaje urbano, de campos de labor y el fondo montañoso que casi rodea  esta zona de  la población; la silueta del monte de San Ramón y su ermita al otro lado del río; la otra majestuosa  del alto de Can Cartró, aquel del recordado pino que según la historia fuese divisado por marineros que arribaban  al puerto de Barcelona y que un rayo echara por tierra en 1.915;  El Puig d´Olorda, allá donde la antigua cementera y la ermita de Sta. Creu, de tantos recuerdos para mí por las muchas veces que la pinté; La Penya el Moro por encima de Can Melich y que en no pocas ocasiones subía de niño en mis juegos y correrías con los del barrio de la Sansón (ahora Walden) de S. Justo, donde vivía por aquellos años;  San Pera Martir y hasta empinándose un poquito, el Tibidabo…   así como al fondo del valle que forma el Llobregat, en cuyo horizonte  se adivina en días de atmósfera clara la imponente mole de Monserrat. Todo esto y unas preciosas puestas de sol se adivinan desde este rinconcito medio anónimo, del que todavía es posible disfrutar y que casi a diario mi perrita y yo lo hacemos... “    - primera parte de este recorrido, sigue – 

 Montero Bermudo,   otoño de 2.017