campiña ecijana

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viernes, 23 de junio de 2017

Árboles para un recuerdo


El ciprés, un señor ante el paisaje.

            El ciprés, posiblemente uno de los árboles con más porte y señorío de cuantos pueblan  por nuestros alrededores,  quizás uno de los más discretos,  nada “ampuloso ni vistoso”,  que casi desapercibido  nos sirve  y acompaña dando al entorno el   toque justo y medido…    medida como en todo, ese es su valor.  Respetuoso y “educado”  ese viejo sabiondo, fortachón y vigoroso  que me observa  silencioso cuando en mis paseos con la perrita paso por su vera, torre vigía que cimbrea con la elegancia y la belleza de un torero citando al natural; valiente y desafiante por su altura, dominador del aire y del entorno por su  belleza,  portador de un perfume intenso y tan especial que cala hondo, pero no agobia ni  escandaliza…  me atrae con su prestancia y sin pretenderlo me reclama, más no hago oídos sordo y lo admiro; no sé si él lo sabrá, pero me encanta su línea, su verde intenso, su forma…  todo el paisaje que preside gana en posibilidades de composición y belleza y allá donde esté, sin propósito de reclamo, fanfarria o llamadas de atención,  inconscientemente se hace notar.  

            Ennoblece cualquier  paisaje el viejo ciprés con su presencia, dando carácter y señorío, cuando  su elegante y vertical figura, sentido inequívoco de vida, hace acto de presencia; de ramaje compacto y hoja perenne teñida en el más profundo, serio y matizado  de los verdes  que ofrece la naturaleza, aporta además importante apoyo compositivo  en la distribución de líneas que organicen el recreo de una mirada; flexible y entregado en su hábitat, en su juego con la brisa ofrece matices y distinción de elegancia, mientras al reto de los vientos  propone  avenencias sin peleas ni exabruptos; refugio de pequeñas aves a las que acoge sin distinción, porque es hidalguía con ventanales y puertas abiertas para quienes la grandeza y dignidad nunca estuvieron  sometidas  al disfraz de los tamaños.

          Por encima de tapiales o muros de Camposantos, erguida  se asoma la serena esbeltez de su talle, aquella cual divisa, se ofrece aportando el más hondo de los respetos, custodiando y ofreciendo a los que  a sus pies y en horizontal reposan, sagrada memoria y dignidad por igual y sin distinción;  aquí yacen quienes anduvieron vivos, aún inmersos en tremendas diferencias, compartiendo, ahora sí, bajo la misma tierra como sus propias raíces y donde Él hace de Ángel de la Guarda, porque el hombre y la naturaleza  así lo eligieron.

          No son pocos los que ejerciendo de centinelas hacen puerta en recoletas placitas o barreras como atalayas, entrañables guardianes donde el sentido religioso de moradores tiene lugar de evocación. Por las lindes y caminos, bordeando  divisorias  en propiedades, haciendas o alquerías, son mojones medianeros y en el mar ondulado de la campiña, sobre pequeños promontorios gallardo y atrevido  su estatuario  cual obelisco egipcio, hace de fielato cortando el viento y hasta de veleta si la brisa lo demanda.

          El Ciprés, que tantas veces pintara en mis escarceos  por esos caminos recorridos con los avíos artísticos a cuestas y en el que siempre encontré un apoyo en la verticalidad, cual mástil de mi navío surcando los mares de sueños pictóricos y que en estas líneas solo expreso, o lo intento, algo de lo mucho que le reconozco.

Montero Bermudo.

Escondido de los dichosos petardos, en este inicio de verano 2.017